
Capuchinos nació con vocación de barrio entre barrios. Sus límites eran: La Victoria, El Molinillo, Mangas Verdes y El Ejido con Puerto Parejo.
El primer convento verdaderamente organizado por los franciscanos capuchinos de Málaga fue erigido sobre una extensa colina de la zona noroeste de la ciudad. Desde la misma construcción, el edificio monacal permitió poco a poco diseñar la plaza principal del barrio, luego la alameda del mismo nombre hacia el barrio de la Victoria, la Carrera de Capuchinos en dirección a Dos Aceras, la calle de Capuchinos hasta enlazar con el Molinillo y la de Eduardo Domínguez Ávila que lo hizo hacia las huertas de Mangas Verdes.
Barrio de lomas y lometas, de fértiles tierras de cultivos, tejidas por los yermos páramos de El Ejido y Puerto Parejo, permitió durante siglos la coexistencia urbana de tejares, alfarerías y tahonas. Capuchinos fue como un pequeño pueblo que década a década y a partir de los primeros años del siglo XVII supo ceñir a la ciudad en un arco que se iniciaba en el barrio de la Victoria y concluía en lo que fue recinto amurallado del arrabal, donde los árabes recogían su ganado, es decir, la enorme explanada entre el río Guadalmedina y la calle Ollerías entre ciénagas, lagunillas y pozos.
De desarrollo lento, puesto que eran entonces muchas las direcciones en que aquella parte de la ciudad podía extenderse, Capuchinos comienza a poblarse a partir del primer tercio del siglo XVIII. No obstante, para aquellas décadas las huertas y terrenos fértiles para la siembra eran muchos y muy productivos, especialmente generosos para la patata, verduras y flores y, por extensión, para el establecimientos de vaquerías por la abundancia de pastos para el ganado. Su desarrollo urbanístico comienza, pues, por un perímetro central cuyo eje lo marcó la calle principal capuchinera, su alameda, que discurre desde la plaza hasta la histórica Fuente de Olletas.
El obispo, complaciente con el provincial capuchino y deseoso de favorecer el desarrollo en la capital de la comunidad franciscana, concedió la ermita; el Ayuntamiento, por su parte, les ofreció todo el terreno que la rodeaba. Así, el día 28 de febrero de 1620, la comunidad tomó posesión de las tierras necesarias para edificar el convento y diseñar la huerta, dejando el resto para que se sirvieran de él sus vecinos.
Las obras constructivas fueron llevadas a cabo rápidamente, merced a que los pocos vecinos de la zona no sólo alentaron a los frailes, sino que contribuyeron con abundantes limosnas y ayudas para que todo el proceso pudiera ser culminado en el más breve tiempo posible. En efecto, la totalidad del convento e iglesia, diseño de la huerta y realización de todos los servicios indispensables fueron totalmente terminados 12 años más tarde.
El primer convento verdaderamente organizado por los franciscanos capuchinos de Málaga fue erigido sobre una extensa colina de la zona noroeste de la ciudad. Desde la misma construcción, el edificio monacal permitió poco a poco diseñar la plaza principal del barrio, luego la alameda del mismo nombre hacia el barrio de la Victoria, la Carrera de Capuchinos en dirección a Dos Aceras, la calle de Capuchinos hasta enlazar con el Molinillo y la de Eduardo Domínguez Ávila que lo hizo hacia las huertas de Mangas Verdes.
Barrio de lomas y lometas, de fértiles tierras de cultivos, tejidas por los yermos páramos de El Ejido y Puerto Parejo, permitió durante siglos la coexistencia urbana de tejares, alfarerías y tahonas. Capuchinos fue como un pequeño pueblo que década a década y a partir de los primeros años del siglo XVII supo ceñir a la ciudad en un arco que se iniciaba en el barrio de la Victoria y concluía en lo que fue recinto amurallado del arrabal, donde los árabes recogían su ganado, es decir, la enorme explanada entre el río Guadalmedina y la calle Ollerías entre ciénagas, lagunillas y pozos.
De desarrollo lento, puesto que eran entonces muchas las direcciones en que aquella parte de la ciudad podía extenderse, Capuchinos comienza a poblarse a partir del primer tercio del siglo XVIII. No obstante, para aquellas décadas las huertas y terrenos fértiles para la siembra eran muchos y muy productivos, especialmente generosos para la patata, verduras y flores y, por extensión, para el establecimientos de vaquerías por la abundancia de pastos para el ganado. Su desarrollo urbanístico comienza, pues, por un perímetro central cuyo eje lo marcó la calle principal capuchinera, su alameda, que discurre desde la plaza hasta la histórica Fuente de Olletas.
El obispo, complaciente con el provincial capuchino y deseoso de favorecer el desarrollo en la capital de la comunidad franciscana, concedió la ermita; el Ayuntamiento, por su parte, les ofreció todo el terreno que la rodeaba. Así, el día 28 de febrero de 1620, la comunidad tomó posesión de las tierras necesarias para edificar el convento y diseñar la huerta, dejando el resto para que se sirvieran de él sus vecinos.
Las obras constructivas fueron llevadas a cabo rápidamente, merced a que los pocos vecinos de la zona no sólo alentaron a los frailes, sino que contribuyeron con abundantes limosnas y ayudas para que todo el proceso pudiera ser culminado en el más breve tiempo posible. En efecto, la totalidad del convento e iglesia, diseño de la huerta y realización de todos los servicios indispensables fueron totalmente terminados 12 años más tarde.
Le faltaba al convento lo que, para entonces, era factor de escasez en toda la ciudad, el agua. Todavía lejano de alcanzarse en Málaga el famoso acueducto de San Telmo. Fue necesario gestionarla, de cuya mejora no sólo se beneficiaron los frailes, sino todo el vecindario colindante.
Don Baltasar Cisneros, caballero principal y regidor malagueño, entre los muchos favores que había concedido a los religiosos, les procuró el agua, mandando construir un acueducto que la llevase al convento.
Dos momentos culminantes vivió el barrio de Capuchinos a lo largo del siglo XIX, pues si de una parte las leyes desamortizadoras de Mendizábal obligaron a los frailes a su exclaustración con abandono del convento y posterior construcción de un cuartel sobre el mismo, por otro significó, tiempo después, la incorporación de las clarisas. Ambos acontecimientos jugaron un papel importante en el devenir del conjunto urbano y ciudadano capuchinero que allí creció.
En todo caso, y aunque intentos hubo de borrar para siempre el nombre de la plaza, la alameda, la carrera y la calle de Capuchinos en distintos momentos revolucionarios, el tercer barrio de Málaga nunca llegó a perder su nombre de origen, y como tal, lo conocemos hoy en día.



